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La novela por entregas sobre entregas

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La certeza

Alcides se sorprendió cuando vio la reja abrirse antes de que él tocara. “Te estaba esperando” escuchó sin haber podido detallar bien al hombre que salía dinero en mano del edificio, pero un instante después el civil y el uniformado se vieron a los ojos.

—Tu cara me parece conocida, ¿no nos hemos visto antes?—dijo el cliente mientras extendía los billetes que Alcides recibió sin quitarle la vista a Jorge Valle, del 7D del edificio La Plaza de la principal de Santa Sofía, donde Alcides, con su memoria de político en gira de cargar niños y abrazar viejitas, recordaba perfectamente que le había entregado ya una pizza a ese hombre que ahora no podía estar seguro quién era.

—No, no creo, debe ser la luz, no es muy buena. ¿Quiere cambio?

—No, déjalo así, llegaste burda de rápido.

—Sí, yo sé—respondió Alcides antes de desandar sus pasos, cerrar el bolso térmico y montarse en la moto sin dar las gracias y sin pensar en la cuantiosa propina, demasiado pensativo por la inexplicable presencia del supuesto Jorge Valle en una dirección distinta a la de la primera vez.

Jorge, o como se llame, cerró la reja y regresó al lugar de donde vino, pensando en la mala educación del motorizado que ni agradeció la buena propina, pero muy pronto el aroma del queso y la salsa de tomate caliente le quitó cualquier otra idea de la cabeza que no fuera sentarse a comer aquella delicia.

Mientras, Alcides intentaba sacarse de sus pensamientos al supuesto Jorge Valle. Se divorció o tiene un segundo frente aquí o en el apartamento de Santa Sofía, se decía Alcides sin interesarse demasiado por los carros que se le tiraban encima y le clavaban las cornetas para que se apartara de la vía. Pero aquel hombre no tenía el tipo de quien tiene que vivir entre dos casas o que acaba de cambiarse de un lugar a otro. Alcides recordaba muy bien su conversación con aquel Jorge Valle. Era día de juego, Tiburones contra Guacamayas, partido extra para clasificar a la ronda final, todo el mundo estaba pendiente y el tal Jorge Valle hasta bajó a recibir la pizza con su celular donde veía el juego vía estrimin. Alcides le preguntó cómo iba el partido y el otro respondió que los Tiburones estaban perdiendo; “como siempre” señaló Alcides con su orgullo de fanático herido, pero la costumbre de defender la causa perdida puso de inmediato en guardia a Jorge Valle, si es que podemos seguir llamándolo así. “Los Tiburones fueron un equipo glorioso, más que cualquier otro”, dijo agresivo el cliente pensando en guardarse para sí la propina. “Si lo sabré yo, que nunca los conocí campeones” respondió Alcides mientras le mostraba su carnet de fanático oficial de los Tiburones. El otro, emocionado, sacó su propio carnet y Alcides leyó el nombre, Jorge Valle, cosa que debería ser evidencia suficiente de que ese es su verdadero nombre—solo una mente muy retorcida utilizaría un nombre falso en un club de fans. O un fanático de un equipo que tiene años sin servir para nada—. Lo único seguro era que la misma persona recibió una pizza en dos lugares distintos y algo así nunca le había pasado a Alcides, por lo que difícilmente dejaría de pensar en el incidente.

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